Conozco Lebrija gracias al domingo de la feria de 2004. Esa mañana fui solo en el tren desde Sevilla para presenciar la suelta de dos toros por las calles del pueblo. Llegué justo cuando sonaba el cohete que anunciaba la salida del primero y salí corriendo desde la estación preguntando por la calle a quien me encontraba por el camino. Gracias a un aficionado de otro pueblo que, al preguntarle me acercó en su coche hasta la calle la Corredera, conseguí llegar reservando fuerzas para correr una vez más delante de El Toro, uno de los actos que más pureza y verdad me ha aportado en mi vida.
Llegué por fin a la calle y de nuevo me alegré al ver que las barreras estaban repletas de gente que se agolpaba para ver el espectáculo único que supone ver al mito histórico, al rey de los animales recorriendo las calles de un pueblo que permanecían anónimas hasta esa mañana. Mi alegría se incrementó al comprobar que, una vez dentro del recorrido, me cruzaba con personas que llevaban una camiseta identificativa que les responsabilizaba del buen desarrollo del festejo. Grandes aficionados y amantes de su pueblo que arriesgan sus vidas para que el privilegio de tener un Toro por las calles de Lebrija sea posible un año más.
Cada animal estuvo en la calle el tiempo reglamentario y fue cuidado para evitarles cualquier daño. Yo disfruté de carreras inolvidables desde Andrés Sánchez de Alba bajando hasta la Corredera con El Toro acechando por una calle que se hacía más estrecha conforme llegaba a su final. Inolvidable, como la sensación de estar en un pueblo que sabe afrontar responsabilidades, que no tiene miedo a grandes retos, con personas que dan la cara por conservar un milagro que provoca la visita de gentes desde diferentes provincias de Andalucía.
Qué pena que este año tampoco exista. Qué pena que en vez de seguir mejorando las tradiciones como, por ejemplo están haciendo en Trigueros (Huelva-
ver noticia) se utilice la política para destrozar poco a poco lo que se ha conseguido.
Sé que han habido momentos desagradables y hasta heridas de muerte por imprudencia, pero es el riesgo que conlleva ser un pueblo privilegiado, un pueblo que se rinde culto a sí mismo y al ser mitológico que tanta vida aporta amenazando con la muerte.
Espero volver algún año a Lebrija. Un saludo y perdón por la paliza.