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BREVE ENSAYO SOBRE EL AMOR Y LAS PASIONES (1 viendo) (1) Invitado(s)
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TEMA: BREVE ENSAYO SOBRE EL AMOR Y LAS PASIONES
#2951
Diógenes (Usuario)
El Mantillo
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BREVE ENSAYO SOBRE EL AMOR Y LAS PASIONES 3 Mess, 3 Semanas ago Karma: -2  
Hola de nuevo, queridos amiguitos.

Me siento otra vez ufano de poder entrar en este foro, poso de erudicción y sagacidad.

En esta ocasión quiero dejaros un corto ensayo sobre algo muy presente en nuestras vidas: el amor y las pasiones. ¿Interesante, verdad?

Pues nada, aquí os dejo el trabajo que, a buen seguro, contará con vuestro clarividente comentario. Hasta pronto.



BREVE ENSAYO SOBRE EL AMOR Y LAS PASIONES

La manifestación de las emociones humanas exteriorizadas en forma de pasión, amor, deseo, odio, etc., fueron, y en cierto modo siguen siendo cuestionadas por una supuesta ética y moral, que las supone como una perturbación o alteración nociva de la razón lógica en la que, supuestamente, debe permanecer sumido el ser humano para su buen discurrir.


La experiencia empírica viene a poner de manifiesto que el intento de soslayar los impulsos emocionales no ofrece garantías ni de un mayor éxito, en términos de una lógica razonable al uso, ni de una aproximación al utópico nivel de felicidad deseable. Se trataría, pues, en la práctica, más bien de una especie de distopía de la felicidad.


Suelo poner como ejemplo de la fuerza de las emociones exteriorizadas por mediación de nuestros sentidos, la que se manifiesta elocuentemente a través de los ojos. De esta manera, quizá podamos expresar con nuestras palabras algo distinto de lo que estemos sintiendo, podríamos igualmente y de forma voluntaria obviar la capacidad de oír y escuchar; pero no podríamos evitar llorar de dolor o alegría llegado el momento si este lo propicia. Ni aunque la situación aconsejara la evitación del discurrir de unas lágrimas; éstas, si tienen su “razón” de ser, serán.


El trastorno con que las emociones se hacen experimentar en nuestra fisiología, causando un sentir de zozobra y desconcierto en muchos casos, viene a responder al conflicto desatado entre el pensamiento razonable, objetivo, analítico y producido en el hemisferio izquierdo del Telencéfalo cerebral, y, la zona del mismo que regula las emociones, la Médula Oblongada y el hipotálamo en el Sistema Límbico. Con lo cual, de una manera consciente, resulta inútil ponerles freno al tratarse de procesos automatizados por nuestro cerebro.


En este sentido, no es por casualidad que los antiguos griegos representaban al dios Eros como un niño ciego, sordo, caprichoso y carente de piedad hasta con su propia madre, en una actitud casi inconsciente. Resulta curioso que los más antiguos y destacados helenísticos: Eurípides, Sófocles, Artistófanes, como en la propia mitología griega, el amor se represente y aparezca como una pasión. Suponiendo una alteración del ánimo tan irracional como la alegría o el odio en la que uno cae fulminado. Abundando en esto, el mismo Aristóteles cree y argumenta en su obra Ética a Nicómaco que, somos víctimas de unas pasiones que nos vienen de fuera, impuestas por un dios. Para el equilibrio y mediocridad que promulga en su pensamiento Aristóteles, las pasiones son como un trastorno intolerable, un temible naufragio para la vida, una alteración pasiva del alma como si de una enfermedad se tratara; de ahí la derivación posterior de dicha voz en términos como paciente y patología.


Se desprende de todo lo anterior que, el enamorado, no es dueño de sus sentimientos de amor, y por tanto, tampoco libre ni responsable de sus actos. Puede que desde entonces hasta hoy hayamos tenido así la excusa perfecta, para en buena medida disociar los conceptos de ética, amor y pasión


En la transición habida en la antigüedad desde un paganismo casi hedonista de algunas de sus culturas a las principios de austeridad y sobriedad moral de un cristianismo emergente que llevó a considerar las emociones de placer y las pasiones terrenales como pecaminosas, espurias, efímeras y contrarias a una ascética y resignada práctica cristiana que, ofrecía en el cielo la satisfacción y goce espiritual, sin el lastre de la vil y mortal materia, aglutinadora de los más ominosos sentimientos de deseo en lo que a las emociones no ungidas por el misticismo se refiere.


Unos de los padres de la Iglesia, mí admirado y maniqueista San Agustín de Hipona, puede sintetizar en su figura esa especie de transición. De disoluto y voluptuoso vividor de desatadas pasiones humanamente juveniles, reconocidas en su obra Confesiones; a, místico y ascético enamorado de un amor espiritual y trascendente. Parece, quizá, un adelanto de nuestros místicos más clásicos como San Juan de la Cruz o Santa Teresa de Jesús. Algunas frases suyas vienen a subrayar esta idea: “Las lágrimas son la sangre del Alma”, “La medida de todo amor es amar sin medida”. Pero, tal vez, la más desgarradora, en la que aborrece y rechaza esas emociones y placeres de las pasiones humanas que él había vivido frenéticamente en su juventud es esa que dice: “El placer de morir sin pena bien vale la pena de vivir sin placer”.


Pero contamos con otros pensamientos antagónicos, con principios y argumentos que parecen rebatir los postulados clásicos. Así, una visión nueva aportan las palabras de Denis Diderot en los comedios del siglo XVIII. El ilustrado francés en su obra: Pensamientos filosóficos, establecía como tesis que: “Se increpa sin fin a las pasiones; se les imputa todas las penas del hombre y se olvida que son también la fuente de todos sus placeres. Sólo las pasiones, y las grandes pasiones, son las que pueden elevar el alma a las grandes cosas”. Como vemos, en su opinión, deja bien claro la idoneidad de sentir con profusión emociones de pasión. Continua advirtiendo del hecho de intentar mitigarlas, diciendo: “Sin ellas no hay nada sublime ni en las costumbres ni en las creaciones. La contención anonada la grandeza y la energía de la naturaleza”. Sigue el filósofo incardinando las pasiones en la necesaria armonía vital, y expone: ”Será, pues, una felicidad el estar dotado de fuertes pasiones. Sin lugar a dudas que sí, siempre que todas se produzcan al unísono. Estableciendo entre ellas una armonía adecuada y nunca podréis apreciar desórdenes”. Termina el enciclopédico con vehementes sentencias al respecto como: “Proponerse la ruina de las pasiones es el colmo de la locura. ¡Bello proyecto aquel, el de un devoto que se atormenta como un desquiciado para no desear nada, no amar nada, no sentir nada y que finalizará convirtiéndose en un verdadero monstruo si llegase a cumplirlo”.


Siempre he considerado que el refranero español esta tan acertado en algunos de sus axiomas, como profundamente errado de equívocos y espurios tópicos en otros tantos casos. Pero existe uno que, entiendo, representa la materialización de la hipocresía más recalcitrante. Es ése que dice: “Todas las comparaciones son odiosas”. Podría entenderse desde aquel pensamiento que afirma: “la hipocresía es el homenaje que el vicio le rinde a la virtud”. En cualquier caso, creo que nos llevamos toda nuestra vida comparándonos y midiéndonos unos con otros. Puede que todo se explique por ese pecado mayor que, de los siete capitales que destacaba como genuinamente propios de los españoles Fernando Díaz-Plaja, es el Zeus de un panteón de miserias humanas, sin parnaso y sin virtuosas musas: la envidia.


Intento decir que, nos valoramos en lo que somos: en nuestro aspecto físico exterior, en esas virtudes que puedan hacernos más “apetecibles” y deseados, en disimular esos horrendos defectos que pensamos han condicionado y determinado negativamente nuestras relaciones afectivas pretéritas; y todo ello, en la loable aspiración de despertar el interés de esa persona que suponemos mejor y que atesora excelsas cualidades estéticas y emocionales. Porque somos egoístas, y entendemos que nuestro desarrollo como seres humanos será más completo y adecuado si recibimos de un ser que, previamente hemos sublimado, todo ese caudal de satisfacciones que nos harán felices; y, al que por ello, estamos dispuestos a amar y a ofrecer de entrada lo mejor de nosotros mismos.


La persona amada representa en nuestras vidas un elemento más que, debe depararnos consideración, distinción social, prestigio, y, ése íntimo placer de sentirnos admirados y envidiados por los que no tienen la misma fortuna, y esto de una forma inconsciente en muchos casos, no premeditada. Al igual que deseamos y nos creemos merecedores de un buen coche, de un grato y bien remunerado trabajo, y de un apropiado entorno social que nos prestigie; nuestra pareja debe aportarnos y no detraernos, sumar en esa fórmula de utópica felicidad que no sabremos resolver. Intentamos relacionarnos también afectivamente con semejantes, con iguales que nos diferencien de los diferentes y, claro está, tirando hacia arriba.


Siguiendo con este argumento y, en relación a esa especie de irracionalidad conferida a los sentimientos de amor y pasión, siempre he pensado que solemos enamorarnos de quien no nos conviene. El caprichoso existir de nuestras pulsiones amorosas parecen decidir al albur de unos designios inescrutables. Estamos, quizá, presos del fatal determinismo de nuestros más fantasiosos deseos. Shakespeare lo señala muy gráficamente en su obra Sueño de una noche de Verano cuando escribe que: “Allí unos duendes mueven los hilos del amor mientras las personas duermen, provocando que al despertar se enamoren caprichosamente tan pronto de una como de otra, la bella de la bestia, el cuerdo de la absurda, la mujer apasionada del varón que la desprecia”. Seguro que todos conocemos muchos nombres y apellidos de los ejemplos ofrecidos por el genial dramaturgo inglés.


Amor, pasiones… e, inexorablemente unido: el sufrimiento. La idealización de estas emociones síntesis del concepto de romanticismo llevan sin remedio al sufrimiento cuando no se ven justamente recompensadas. El hondo dolor del desamor, la ingratitud del que no corresponde a los afectos, la profunda desdicha del que es rechazado en sus pretensiones y, hasta el goce del dolor que produce el amor, venía a decir el Marqués de Sade.


Porque el amor y las pasiones son exigentes. Resulta falaz ese argumento que viene a proponer una corriente de afectos y emociones en una sola dirección, sin la correspondiente demanda del otro. Un ejemplo paradigmático de esto lo observamos cuando realizamos un paralelismo con la amistad. La amistad es una relación, y presupone reciprocidad, no podemos ser amigos de quien no se siente amigo nuestro; mientras que el amor es un sentimiento, e implica la posibilidad que podamos llegar a amar a quien no nos profese el mismo sentimiento.


Buena parte del misterioso acontecer del amor no sólo radica en una pura y afortunada elección del sujeto amado, sino en esa conocida disyuntiva que reconoce por un lado el “flechazo” de Eros, que enamora y fascina instantáneamente; y por otra, el medido, progresivo y paulatino conocimiento de la persona amada. Apostar por la primera e intuitiva opción, supone, el riesgo de mitificar e idealizar anticipadamente lo que a buen seguro, no se va a compadecer con la realidad posterior, ocasionando la consiguiente frustración; obviando en muchos casos que el amor puede nacer también de un conocimiento reflexivo y pausado de la otra persona. Desde la premisa de una necesaria atracción visual previa, resulta maravilloso el progresivo descubrimiento de un ser que es único y distinto a todos los demás.


Otras circunstancias que entiendo distorsionan los valores de elección de un amor y no los ponderan adecuadamente son: la soledad y las carencias afectivas. El ser humano es _meta_físicamente sociable. Necesita sentirse apreciado y considerado en la comunidad de la que forma parte. Cierto es que, algunos iniciados recluidos ascéticamente en comunidades religiosas viven el aislamiento y la reclusión, no sólo con sosegado y armónico espíritu; si no que, representa y suponen situaciones de felicidad y paz que resultan inalcanzables en el seno de sociedades hoy desquiciadas en tantos aspectos. Tal vez, la clave para disfrutar de esa felicidad en situaciones de aparente soledad, radica en la superación de experiencias iniciáticas y esotéricas que renuevan y elevan al individuo a niveles de comprensión y asimilación de un entorno muchas veces incomprensible. La misma etimología del término esoterismo del griego “eso” (interior) que se opone al “exo” (exterior) viene a señalar que la crisis, catarsis y evolución que debe producirse en el individuo es interior, íntima y personal. La recompensa a esta experiencia es poder vivir momentos de inmensa felicidad y placer en situaciones de absoluta soledad.



Pero ése no es nuestro caso. Nosotros necesitamos imperiosamente recibir ese caudal de emociones traducido en afectos, amor y pasiones que, en cierta manera, nos devuelvan el equilibrio emocional en relación a nuestros deseos y aspiraciones. Y cuando esto no ocurre, cuando el amor no llama a nuestras puertas deleitando nuestro orgullo de sentirnos queridos y apreciados, cuando la pasión no rasga y estremece nuestro corazón, cuando los deseos de felicidad emocional no se nos ven satisfechos; ¿qué nos queda?: La desazón y la infelicidad.


El término felicidad siempre me ha parecido muy pretencioso. Incluso, hay quien afirma de forma prosaica que: “sólo los imbéciles pretenden llegar a ser verdaderamente felices”. Es comprensible, pues, que la inteligencia sea el peor de los venenos para lo estados felicidad. Supongo que por eso hay tanta gente que dice ser feliz. Ésa felicidad que es poseer lo que no se tiene, afirmaba Sócrates; y, si deseamos lo que tenemos es por el miedo a perderlo, como tememos perder a la persona amada, olvidado que ni podemos ni debemos ser dueño de nadie y de los sentimientos de nadie. Si la persona amada nos corresponde, deja de resultarnos deseable. Una vez más, la felicidad está en la antesala de la misma felicidad. Platón ya definió esta sensación como la concepción del deseo como ausencia


Pero en nuestras sociedades llenas de triunfadores de opereta, donde el hombre o la mujer de éxito deben ser felices y parecerlo, donde el “perdedor de emociones afectivas” es compadecido y minusvalorado, donde el amor y las pasiones buscan adonis y bellas afroditas pret a porter del siglo XXI; el hombre se vuelve voluble, simula lo que no es ni tiene; y, disimula lo que es y lo “poco” que tiene, como venía a decir Maquiavelo con su gran conocimiento de la psiquis humana en El príncipe.


Resulta frustrante observar a esa horda de “desesperados/as” de las emociones afectivas y las pasiones amorosas, deambular en las etílicas noches como faunos y ménades alucinadas, bacantes y sátiros con la intención de observar y ser observados. Expuestos por Eros en el escaparate de las últimas oportunidades de un “género” pasado de moda, decrépito por el discurrir de un tiempo que, nos dejó amortizados por fuera y en la inopia por dentro.



Recociendo un cierto grado de escepticismo y pesimismo en lo anterior y, con la intención de concluir de una vez este corto y modestísimo ensayo, henchido de referencias y asociaciones mitológicas y filosóficas hasta la saciedad; en la esperanza que el saber pretérito explique las pasiones de un presente, inextricable por su proximidad e inmediatez; diré, que en el fondo, como en esa Caja de Pandora, aflora en mi esa esperanza que a todos mueve en la búsqueda de nuestros más íntimos anhelos; y sin la cual, no sólo no es posible el amor y las pasiones. Tampoco la vida misma.
 
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