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Fuente: abcdesevilla.es
Algo hay en la queja de Juan Peña Fernández que se asemeja al sollozo del coronel cuando aguardaba la correspondencia. Pero El Lebrijano sí tiene quien le escriba: Gabriel García Márquez. El de Arataca le esculpió un solo verso, uno, que esconde en las entrañas de cada palabra toda la esencia del cante. «Cuando Lebrijano canta se moja el agua. 94, Sevilla». Desde entonces, el hijo de Bernardo y de María, Peña y Perrate corriendo por sus venas, vive con la obsesión de devolverle a su amigo Gabo un regalo con tanto valor como aquél. Y por fin lo ha hecho. Catorce años después, Juan Peña publica un disco con textos seleccionados de las obras completas de García Márquez que cuenta con el visto bueno del propio premio Nobel. Pasado mañana sale a la venta este obsequio que el gitano rubio de Lebrija hace al cante y a la literatura. Al arte. Y Juan tendrá que celebrarlo desde la cama del Hospital de la Cruz Roja, entubado y sin fuerzas para levantarse, porque una apendicitis con complicaciones posteriores le ha robado el sueño de cantar por bulerías de Macondo. «Saldré de aquí, sobrino, y ya verás la que voy a formar», gime Juan el Grande en la soledad de su habitación. Y a pesar de que lleva dos semanas sin comer y de que los tubos se le clavan a hierro en la garganta, echa fuera cuatro o cinco frases que sirven para poner algunas cosas en su sitio: «El disco es atrevido, pero yo no sé hacer otra cosa que atreverme. Ha sido difícil, porque García Márquez lo ha supervisado todo y teníamos que pasar por Carmen Ballcels, su agente, pero aquí está. Y no sabes lo complicado que es cuadrar esas letras y buscar músicas nuevas después de tantos años haciendo lo mismo. Pero yo siempre digo que la definición de música es "el arte de bien componer los sonidos en el tiempo". El tiempo es fundamental. Todo tiene que ir a compás, porque, si no, es otra cosa. Música no. ¿Qué culpa tengo yo de que la definición sea esa?». Y recordando la mítica sentencia de José Antonio Blázquez en Las Cabezas -«todo el que no canta cuadrado es una misma mierda»-, Juan esboza una leve sonrisa que alivia su dolor y abre las puertas de su memoria. ¿Cómo fue aquel momento en el que Gabriel García Márquez le escribió la frase de marras? «Estábamos en la casa de la hermana de Felipe González, Lola, y de su marido, Paco Palomino. Yo canté por soleá y a él le gustó tanto que pidió que le trajeran una cuartilla. Escribió aquello tan bello y me dijo: "Toma, Juan, un regalo". Fue en el año 94, pero yo lo conocía desde el 86».
Aquel verso fue al flamenco lo que ahora es el disco del Lebrijano a la literatura. Un cruce entre dos genios de géneros encontrados. Dos colosos del arte que ahora sufren el azote de los años, pero que nunca podrán dejar de ser jóvenes. Eternos. «Escucha el disco y me dices qué te parece, por favor», exhorta Juan al entrevistador como si a estas alturas tuviera que hacer caso de la opinión de nadie. «Sale el martes, a ver qué pasa».
Pasará que los aficionados al arte volverán a toparse con una obra incontestable. Porque todo el fuelle que ha perdido su garganta con el tiempo se ha tornado en madurez. Decía Juan Talega que no se canta bien antes de los sesenta. En este disco, El Lebrijano aporta algo que nunca se consigue en plenitud de facultades técnicas: sangre. Y da una lección a los innovadores que va muy en la línea de la que en su momento dio su compadre Gabo. En cada nueva melodía, en cada nuevo giro, hay un matiz que reivindica el cante clásico.
Cuatro son las obras de García Márquez sobre las que ha trabajado Juan Peña: «Ojos de perro azul» (1950), «El coronel no tiene quien le escriba» (1961), «La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada» (1972) y «Doce cuentos peregrinos» (1992). El disco comienza con una adaptación que Casto Márquez ha hecho de un fragmento de la obra del 72. «¡Ay! la Cándida Eréndira, crótalos, polvo, piedra y sudor por los caminos, en ningún estanque la luna se refleja, nada queda de nadie entre la luz y la niebla», dice el Lebrijano por bulerías con aire de su tierra y apelando a los viejos trabalenguas del Chaqueta. La guitarra de Pedro María Peña y el piano de Dorantes, ambos sobrinos del cantaor, se encargan de idear y ejecutar los arreglos.
«Un día de estos», del relato «Ojos de perro azul», es la segunda propuesta del cantaor, que en esta ocasión afronta por soleá lebrijana. «La Santa», de los doce cuentos, lleva aires de alboreá. El «Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo» suena por bulerías de Jerez. «El coronel no tiene quien le escriba» está dicho por seguiriyas de Manuel Molina. «El rastro de tu sangre en la nieve» tiene esencias de cuplé festero. «La luz es como el agua» va cuadrado por soleá trianera. «Buen viaje, señor Presidente» engarza este cuento con el rancataplán festero de Utrera. Y en «Espantos de agosto» el cantaor exprime, para finalizar, todo el pozo de su creatividad. Ese pozo inagotable de agua que se moja cuando el Lebrijano canta y se empapa cuando Gabriel García Márquez escucha. |