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El cerebro de Kennedy Imprimir E-Mail
viernes, 13 de octubre de 2006
El cerebro de Kennedy
Autor: Henning Mankell

En otoño de 2004, la arqueóloga sueca Louise Cantor, que dirige unas excavaciones en el Peloponeso, se dispone a regresar a su país por unos días para participar en un seminario sobre enterramientos en la Edad de Bronce. Arde en deseos de ver a su hijo Henrik, que vive en Estocolmo y al que planea visitar antes de volver a Grecia. La víspera de su partida, varios contratiempos la llevan a rememorar la ruptura con su ex marido, Aron Cantor, que la abandonó años atrás y ahora está en paradero desconocido. Ya en Suecia, decide ir a ver a su hijo pese a que éste no ha contestado a ninguna de sus llamadas en los últimos días. Cuando entra en el apartamento de Henrik, extrañamente silencioso, verá algo que tardará en asimilar: su hijo está muerto.
Aunque los forenses dictaminan que se trata de un suicidio, Louise, decidida a averiguar por su cuenta los motivos de la muerte de su hijo, se lanza a un arriesgado periplo que le llevará de Australia a España, de Suecia a Mozambique. A medida que avanza en sus investigaciones, no sólo va descubriendo facetas desconocidas de su hijo, sino que también se abrirá camino por una oscura trama en la que están implicadas la embajada de Suecia en Mozambique, una organización en favor de los enfermos de sida en África y una importante industria farmacéutica. Y ya desde un principio, unas sombras que se mueven alrededor de Louise van estrechando el cerco.
La historia de la desaparición del cerebro de Kennedy es el punto de partida de una apasionante aventura en África, que tiene como telón de fondo el encubrimiento de la utilización de enfermos de sida de raza negra para experimentar con medicamentos.


Primer capítulo
Pasaje de Cristo, callejón sin salida
Las derrotas han de salir a la luz, y no ocultarse,
pues son las derrotas las que nos hacen personas.
Aquel que no llega a entender sus derrotas no
aprenderá nada para el futuro.
Aksel Sandemose

El desastre llegó en otoño y le sobrevino sin previo aviso. No dejaba rastros y se movía en total silencio. Ella nunca llegó a sospechar qué estaba sucediendo. Fue como si hubiese sido víctima de una emboscada en un callejón oscuro. Lo cierto era que tuvo que abandonar las ruinas para adentrarse en una realidad de la que ella nunca se había preocupado. Con una violenta fuerza se vio lanzada a un ámbito en el que nadie se interesaba especialmente por las excavaciones de enterramientos griegos de la Edad del Bronce. Había vivido inmersa en aquellos polvorientos socavones practicados en la tierra o acuclillada sobre ánforas quebradas para intentar recomponerlas. Amaba las ruinas y nunca había caído en la cuenta de que el mundo que la rodeaba estaba derrumbándose. Era una arqueóloga que tuvo que apartarse de su universo de tiempos pretéritos para acudir a una tumba junto a la que jamás había imaginado que llegaría a estar. No había presagios. La tragedia había perdido la lengua, y no tenía la oportunidad de avisarle.
La noche antes de que Louise Cantor partiese hacia Suecia para participar en un seminario sobre las excavaciones de enterramientos de la Edad del Bronce, se hizo un profundo corte en el pie izquierdo con un trozo de cerámica que había en el suelo del cuarto de baño. Sangraba bastante, la pieza de cerámica era del siglo v antes de Cristo y la sangre que caía sobre el suelo del baño le provocó un fuerte mareo. Estaba en la Argólida, en el Peloponeso, corría el mes de septiembre y las excavaciones de aquel año tocaban a su fin. Débiles ráfagas de viento anunciaban el futuro frío invernal. El tórrido calor empezaba a desaparecer, con su olor a tomillo y a uvas pasas.
Detuvo la hemorragia y cortó un trozo de esparadrapo. En su mente, un recuerdo acudió veloz a su memoria. Un clavo oxidado le había atravesado el pie, no el que acababa de cortarse, sino el otro, el derecho. Cuando tenía seis o siete años, un clavo de color ocre le había atravesado el talón, había perforado la piel y la carne, como si la hubiesen clavado a una estaca. Ella empezó a gritar de horror y pensó que estaba sufriendo la misma tortura que el hombre que, al fondo de la iglesia en la que solía entregarse a sus solitarios juegos de miedo, aparecía colgado en una cruz.
«Las estacas puntiagudas nos destrozan», se dijo mientras limpiaba la sangre reseca de las baldosas. «Las mujeres viven siempre en las inmediaciones de estacas que están ahí para herir lo que ellas desean proteger.»
Fue cojeando hasta la parte de la casa que constituía a un tiempo su lugar de trabajo y su dormitorio. En un extremo tenía una mecedora que crujía al moverse y un tocadiscos. La mecedora se la había regalado el viejo Leandros, el vigilante nocturno. Leandros siempre había estado ahí, incluso cuando era un niño pobre pero curioso; de eso hacía ya mucho tiempo, pues las excavaciones suecas comenzaron en la Argólida en la década de los treinta. Ahora pasaba las noches como vigilante nocturno durmiendo a pierna suelta junto a la colina de Matos. Pero todos los que participaban en los trabajos lo defendían. Leandros era una salvaguarda. Sin él se verían amenazadas todas las empresas de futuras excavaciones. Con el derecho que otorga la vejez, Leandros se había convertido en un ángel de la guarda desdentado y, a menudo, bastante sucio.
Louise Cantor se sentó en la mecedora y contempló su pie malherido. Sonrió al pensar en Leandros. La mayoría de los arqueólogos suecos a los que conocía eran ateos recalcitrantes y se negaban a ver en las distintas instituciones otra cosa que obstáculos a la continuidad de las excavaciones. Unos cuantos dioses, que habían perdido todo su significado hacía ya tiempo, apenas si podían ejercer la menor influencia en lo que sucedía en las lejanas instituciones suecas, donde se aprobaban o rechazaban los presupuestos para las excavaciones. La burocracia era un mundo de túneles compuesto sólo por entradas y salidas, y las decisiones que, finalmente, se dejaban caer en las cálidas oquedades de los enterramientos griegos eran, por lo general, inextricables.
«Los arqueólogos siempre excavan bajo una doble gracia», se dijo.
«Nunca sabemos si encontraremos lo que buscamos o si estamos buscando lo que queremos encontrar. Si damos con lo que perseguimos, la suerte nos habrá sonreído. Al mismo tiempo, nunca sabemos si conseguiremos el permiso y el dinero necesarios para seguir adentrándonos en el maravilloso mundo de las ruinas o si las ubres decidirán secarse de pronto.»
Aquélla era su contribución personal a la jerga de los arqueólogos, el considerar a las instituciones patrocinadoras como vacas de abundantes ubres. Miró el reloj. Eran las ocho y cuarto en Grecia, una hora menos en Suecia. Alargó el brazo en busca del teléfono y marcó el número de su hijo en Estocolmo. Los tonos de llamada sonaron sin que nadie respondiera. Cuando por fin saltó el contestador, ella escuchó su voz con los ojos cerrados. Esa voz le infundía sosiego. «Te habla un contestador automático, así que ya sabes lo que tienes que hacer. Lo repito en inglés. This is an answering machine and you know what to do. Henrik.» Louise dejó un mensaje. «No olvides que voy a Suecia. Estaré en Visby dos días para hablar sobre la Edad del Bronce. Después iré a Estocolmo. Te quiero. Nos vemos pronto. Tal vez te llame más tarde. Si no puedo, te llamaré desde Visby.»
Fue a buscar el trozo de cerámica con el que se había cortado el pie. Lo había encontrado una de sus colaboradoras más asiduas, una apasionada estudiante de Lund. Se trataba de un trozo de cerámica como tantos otros, de estilo ático, y, según adivinaba, había pertenecido a una vasija anterior a la época en que empezó a dominar el color rojizo, es decir, a principios del siglo v antes de Cristo. A Louise le gustaba manipular trozos de piezas de cerámica, imaginarse la totalidad de algo que tal vez jamás podría reconstruir. Pensaba regalársela a Henrik, y la dejó sobre la maleta ya preparada.
Como de costumbre, se sentía desasosegada ante el viaje. Le costaba dominar aquella creciente impaciencia y decidió cambiar sus planes para aquella tarde. Hasta que se cortó con el trozo de cerámica, tenía pensado dedicar algunas horas de la tarde a un estudio sobre la cerámica ática que tenía en preparación. Ahora, sin embargo, apagó la lámpara que tenía sobre el escritorio, puso el tocadiscos y se acomodó de nuevo en la mecedora. Cada vez que ponía música, los perros empezaban a ladrar en la oscuridad. Eran los perros de Mitsos, su vecino más cercano, que era soltero y copropietario de una excavadora. Era, además, el dueño de la casita que ella alquilaba. La mayoría de sus colaboradores preferían vivir en el centro de la Argólida, pero ella había optado por alojarse cerca de las excavaciones.
Estaba ya casi dormida cuando, de pronto, se sobresaltó. En efecto, descubrió que no deseaba pasar la noche sola. Bajó el volumen de la música y telefoneó a Vassilis. Él le había prometido llevarla al aeropuerto de Atenas al día siguiente. Puesto que el avión de Lufthansa con destino a Frankfurt salía muy temprano, tendrían que ponerse en marcha a las cinco de la mañana. Y no deseaba pasar sola esa noche, que ya preveía inquieta.
Miró el reloj y pensó que, seguramente, Vassilis seguiría en su oficina. Una de sus escasas discusiones había versado sobre el trabajo de éste. Recordó que ella se había portado de forma bastante desconsiderada cuando le soltó que la profesión de asesor fiscal era, sin duda, la que más quemaba de cuantas existían. Todavía se acordaba de sus palabras exactas, una maldad que Louise dijo sin intención:
–Es la profesión que más quema de todas las que existen. Tan árida y sin vida que, en cualquier momento, puede incendiarse por autocombustión.
Vassilis se quedó sorprendido, y quizá también algo triste, pero, sobre todo, se enojó. Y Louise comprendió que él no era sólo el hombre que se encargaba de su vida sexual, sino que era un hombre con el que podía compartir su tiempo libre pese a que no sentía el menor interés por la arqueología, o precisamente por eso. Louise se asustó pensando que tal vez lo hubiese herido tanto como para que él quisiese romper su relación. Sin embargo, logró convencerlo de que sólo bromeaba.
–El mundo está gobernado por libros de cuentas – le dijo –. Los libros de cuentas son nuestra liturgia; los asesores fiscales, nuestros sumos sacerdotes.
Volvió a marcar el número. Ocupado. Se balanceó despacio en la mecedora. Había conocido a Vassilis por pura casualidad, pero ¿no obedecían también a la casualidad todos los encuentros importantes en la vida?
A su primer amor, el hombre pelirrojo que se dedicaba a cazar osos y a construir casas y que era capaz de caer en profundos periodos de melancolía, lo conoció haciendo autostop un día en que había ido a Hede a visitar a una amiga y perdió el tranvía para Sveg. Emil apareció en un viejo camión, ella tenía dieciséis años y aún no había tenido fuerzas para dar el paso y salir al mundo. Él la llevó a casa. Fue a finales del otoño de 1967. Estuvieron juntos durante medio año, hasta que ella tuvo el valor de escapar de su abrazo de gigante. Después dejó Sveg y se fue a vivir a Östersund, donde empezó el instituto y tomó la decisión de convertirse en arqueóloga. En Upsala hubo otros hombres, a todos los cuales fue conociendo merced a diversas casualidades. Aron, el hombre con quien se casó, que se convirtió en el padre de Henrik y por el que cambió su apellido, Lindblom, por el de Cantor, fue a sentarse junto a ella en un avión que iba de Londres a Edimburgo. La universidad había concedido a Louise una beca para participar en un congreso sobre arqueología clásica, Aron iba a pescar a Escocia, y allí, en el aire, muy por encima de las nubes, entablaron su primera conversación. Intentó apartar de su mente los recuerdos de Aron, no quería enojarse,
y volvió a marcar el número. Seguía ocupado.
Siempre comparaba con Aron a los hombres a los que había ido conociendo después de la separación; no lo hacía conscientemente, claro está, pero Aron constituía una especie de medida, y todos los hombres a los que les echaba el ojo eran demasiado bajos, demasiado altos, demasiado aburridos, demasiado necios: en resumen, Aron siempre salía victorioso. Aún no había encontrado a nadie que pusiese a prueba su recuerdo. Eso la desconcertaba tanto como la enfurecía; era como si él aún gobernase su vida, pese a que no debía tener ya nada que opinar al respecto. Él le había sido infiel, la había engañado y, cuando todo estaba a punto de salir a la luz, simplemente desapareció, como un espía que, cuando corre el riesgo de que lo descubran, corre a buscar al jefe de su organización secreta. Para ella supuso una terrible conmoción; no tenía ni idea de que él fuese con otras mujeres. Una de ellas, incluso, resultó ser de sus mejores amigas, también arqueóloga, que había dedicado toda su vida a excavar en Tasos en busca de un templo de Dionisio. Henrik era muy joven todavía, y Louise empezó a trabajar como profesora sustituta en la universidad mientras intentaba superar lo ocurrido y recomponer su arruinada existencia. Aron la había destrozado como una repentina erupción volcánica podía arrasar lo que se le pusiera por delante: una ciudad, una persona o un jarrón de cristal. Solía pensar en sí misma cuando trabajaba con sus trozos de cerámica, mientras se esforzaba por reconstruir en vano una pieza. Aron no sólo la había hecho añicos, también había ocultado algunos trozos para dificultarle la tarea de recomponer su identidad como persona, como mujer, como arqueóloga. Aron la había dejado sin previo aviso, con una simple carta de unas líneas escritas con desgana, en las que le comunicaba que su matrimonio se había terminado, que no lo soportaba más, le pedía disculpas y esperaba que no volviese contra él al hijo de ambos.
Después, no dio señales de vida durante siete meses, hasta que por fin, un día, recibió una carta de Venecia. Ella supo por la letra que estaba borracho cuando la escribió, una de aquellas terribles borracheras en las que él solía sumirse, una embriaguez constante, con algunos altibajos, que duraban hasta una semana. Compungido y autocompasivo, le preguntaba si quería volver con él. Y entonces, cuando se vio sentada con aquella carta manchada de vino entre las manos, comprendió que, verdaderamente, todo había terminado entre ellos. Louise quería y, al mismo tiempo, no quería volver con él, pero no se atrevía a dar ese paso: sabía que él era capaz de destrozar su vida una vez más. «Una persona puede convertirse en una ruina y levantarse una vez en su vida», se dijo, «pero no dos, eso es demasiado.» De modo que le respondió que su matrimonio se había terminado. Allí estaba Henrik, y a él y a su hijo les tocaba averiguar qué tipo de relación deseaban tener en la vida: ella no se interpondría entre ellos.
Pasó casi un año hasta que volvió a ponerse en contacto con ella. Entonces fue una ruidosa línea telefónica la que le trajo su voz desde Newfoundland, donde se había retirado junto con otros correligionarios expertos en ordenadores que habían creado un grupo con tintes de secta religiosa. Con expresiones poco transparentes le explicó que estaban investigando cómo serían los archivos del futuro, cuando toda la experiencia humana se hubiese visto reducida a unos y a ceros. Los microfilmes, las cuevas, no tenían ya el menor valor para todo el conocimiento humano. Ahora eran los ordenadores los que garantizaban que el hombre de una época concreta no dejase un gran vacío tras de sí, pero ¿quién podía garantizar, a su vez, que, en ese semimundo fantasioso en que él vivía, los ordenadores no empezarían a crear sus propias experiencias y conocimientos y se dedicasen a almacenarlos?
La conexión no era muy buena, y ella no entendía del todo lo que él le decía, pero en esta ocasión no estaba borracho ni se compadecía de sí mismo. Le dijo que quería que le diese una litografía de un halcón que abatía a una paloma, un cuadro que los dos compraron, de recién casados, un día en que, por casualidad, entraron en una galería de arte. Ella se la envió unas semanas después. Y, más o menos por aquella época, descubrió que, aunque en secreto, él había reanudado el contacto con su hijo. Aron seguía entorpeciéndole el camino. A veces abandonaba por completo la idea de poder borrar su rostro y deshacerse del canon con el que ella medía a los demás hombres y que la abocaba, tarde o temprano, a sentenciarlos, a rechazarlos.
Marcó el número de Henrik. Siempre que el antiguo dolor provocado por la relación con Aron se reavivaba, necesitaba oír la voz de Henrik para no caer en el desánimo. Pero de nuevo saltó el contestador y, entonces, le dejó un mensaje diciéndole que no llamaría hasta que no llegase a Visby. Siempre la embargaba una inquietud algo infantil cuando él no contestaba. Durante unos segundos, se imaginaba todo tipo de desgracias, incendios, enfermedades... Después volvía a tranquilizarse. Sabía que Henrik era prudente y que nunca se exponía a riesgos innecesarios aunque viajaba mucho, a menudo en busca de lo desconocido.
Salió al jardín a fumar un cigarrillo. Desde la casa de Mitsos le llegaba la risa de un hombre. Era Panaiotis, que, para aflicción de toda la familia, había ganado mucho dinero jugando a las quinielas, con lo que había obtenido unas condiciones económicas descaradamente propicias para la relajada vida que siempre había querido llevar. Louise sonrió ante la idea, inspiró el humo hasta el fondo de los pulmones y pensó, ausente, que dejaría de fumar el día en que cumpliese los sesenta.
Sola en la oscuridad bajo el claro firmamento, en la noche templada y ya sin frías ráfagas de viento, recapituló: «Aquí estoy, vine desde Sveg y el melancólico interior de Härjedalen hasta Grecia y sus enterramientos de la Edad del Bronce. De la nieve y el frío a los cálidos y secos olivares».
Apagó el cigarrillo y regresó al interior de la casa. Le dolía el pie.
Permaneció inmóvil un instante, indecisa. Después marcó nuevamente el número de Vassilis. Ya no estaba ocupado, pero tampoco obtuvo respuesta.
De inmediato, el rostro de Vassilis se mezcló en su imaginación con el de Aron.
Vassilis la engañaba también, la consideraba un componente más de su vida, un componente del que podía prescindir.
Algo celosa, marcó entonces el número del móvil que él llevaba siempre en el bolsillo. Nada. Una voz de mujer le pidió en griego que dejase un mensaje. Ella apretó los dientes, pero no dijo nada. Después cerró la maleta y, en ese preciso instante, decidió romper con Vassilis. Cerraría el libro de cuentas, lo cerraría igual que acababa de cerrar la maleta. Se tumbó en la cama y observó el ventilador del techo, mudo e inmóvil. ¿Cómo había podido mantener una relación con Vassilis? De repente, le resultaba incomprensible y sintió repugnancia, no de él, sino de sí misma.
El ventilador seguía estático, de los celos no quedaba ni rastro y los perros guardaban silencio en la oscura noche. Tal y como solía hacer cuando se hallaba ante una decisión importante, empezó a pensar refiriéndose a sí misma con su nombre y en tercera persona. Ésta es Louise Cantor en el otoño de 2004, aquí tiene su vida, en negro sobre blanco o, más bien, en rojo sobre negro, como en la combinación cromática habitual en los fragmentos de las urnas funerarias que se desentierran del suelo griego. Louise Cantor tiene cincuenta y cuatro años, no le asusta lo que ve cuando se mira en el espejo. Aún es atractiva, todavía no es una vieja, los hombres se fijan en ella, aunque ya no se vuelvan a mirarla. ¿Y ella? ¿A quién se vuelve ella a mirar? ¿O acaso ella sólo dirige su mirada hacia la tierra, en la que aún siente deseos de seguir buscando las intenciones y las huellas de tiempos pasados? Louise Cantor ha cerrado un libro llamado Vassilis; ese libro no volverá a abrirse nunca más. Ni siquiera permitirá que lleve a Louise Cantor al aeropuerto de Atenas por la mañana. Se levantó de la cama y fue a buscar el número de teléfono de una compañía local de taxis. Le tocó hablar con una mujer algo sorda, de modo que tuvo que hablar a gritos. Después, confió en que el taxi llegaría a su hora. Puesto que había acordado con Vassilis que vendría a las tres y media, pidió el taxi para las cuatro.
Se sentó ante el escritorio y le escribió una carta:
«Se acabó, se terminó. Todo tiene un final. Siento que me dirijo hacia otra etapa de mi vida. Lamento que hayas tenido que salir a buscarme sin necesidad. Pero intenté llamarte.
»Louise».
Releyó la carta. ¿Se arrepentía? Le ocurría a veces: eran muchas las cartas de despedida que había escrito en su vida y que nunca había llegado a enviar. Pero esta vez llegaría a su destinatario. Metió la carta en un sobre, lo cerró y salió a la oscuridad, caminó hasta el buzón y sujetó la carta a éste con una pinza de la ropa.
Dormitó unas horas sobre la cama sin deshacer, se bebió una copa de vino y se quedó mirando un frasco de somníferos, sin lograr decidirse a tomar uno.
Cuando el taxi llegó entre las sombras, eran las cuatro menos tres minutos. Ella lo aguardaba junto a la verja. Los perros de Mitsos empezaron a ladrar. Se hundió en el asiento trasero y cerró los ojos. Entonces, cuando el viaje comenzó de verdad, consiguió conciliar el sueño.
Llegó al aeropuerto al alba. Sin saberlo, iba camino de la gran catástrofe.



 
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