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El otro extranjero |
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viernes, 29 de febrero de 2008 |
Desperté con un sobresalto, empapado en sudor y con la respiración agitada. De nuevo las pesadillas habían estropeado las pocas horas en las que había logrado conciliar el sueño. Tardé varios segundos en recordar dónde me encontraba y me tranquilizó la atrevida luz que iluminaba la pequeña habitación del motel colándose entre las rendijas de la persiana.
Echaba de menos un buen sueño, dormir al menos una noche entera; despertarme otra vez,,, alguna vez acompañado… como en los buenos tiempos. Luego intenté recordar qué había pasado la noche anterior. Mi memoria llegaba de puntillas al bar extraño y gigantesco donde entré de vuelta al hostal. Después de eso, se difumina poco a poco hasta que desaparece bajo un sólido muro de alcohol. No recuerdo cómo llegué hasta mi cama… miré asustado bajo mi cama: el maletín seguía en su sitio.
Mi reloj de pulsera marcaba las tres de la tarde. Necesitaba hacer algunas compras: ropa, un teléfono móvil nuevo… y sobretodo una aspirina que me aliviase la resaca. A mis treinta y cinco años, mi cuerpo había soportado demasiadas noches largas, demasiadas copas, drogas y burdeles. Comenzaba a perder resistencia. Tal vez fuese otra razón de peso para abandonar la vida de la que estaba huyendo.
Tenía que empezar a organizarme y repasé mentalmente mis tareas de camino al centro del pueblo. Las prisas que no me habían dejado recoger equipaje me habían dejado con mi viejo traje gris y mis zapatos italianos. Supongo que llamaba demasiado la atención vestido así, porque pasara por donde pasara sentía ojos clavados impertinentemente en mi espalda. Necesitaba un número nuevo de teléfono para avisar de que seguía vivo a las pocas personas que aún se preocupaban por mí. Aparte de eso, supongo que Tomás estaría esperando mi llamada con mi nueva documentación falsa dentro de un paquete sin dirección escrita. (Dios mío, el dolor de cabeza me estaba matando). Decidí permitirme el descanso necesario para tomar un café y entré en un bar cerca del cementerio.
Me sorprendió el tamaño de aquel local. Se trataba de una enorme nave industrial a la que habían colocado una barra e instalado unos baños. Era mucho más impresionante debido a que estaba vacío. Solo el camarero, un joven desaliñado, con una larga coleta despeinada que me miró sin demasiado interés y esperó sin hablar a que le pidiese algo.
- Un café solo. Cargado, por favor.
Esbozó una sonrisa y comenzó a poner el café. Reconocí a Bob Dylan lamentándose desde los altavoces; era agradable que fuese él y no un incómodo Bustamante cualquiera quien me acompañase en el café. El camarero me lo sirvió y se quedó mirándome.
- No es usted de aquí, ¿verdad? – me preguntó.
- No. – la verdad es que el chico no merecía una respuesta tan seca, pero el dolor de cabeza me obligaba a ser arisco.
- Lo he sabido porque ha utilisado usted la S. – sonrió. Me reí en la medida de mis circunstancias. Adiviné también por su acento que tampoco era un nativo. De hecho, en su caso, sólo utilizaba la S, ignorando las zetas y cés.
- Tu tampoco eres de por aquí, ¿verdad?
- Soy canario. Llegué aquí hase ya unos años y aún no he encontrado la puerta de salida.
- ¿Y la estás buscando? – pregunté. El café comenzaba a hacer efecto.
- Sí, pero tampoco es que me esté esforsando. Te repito que soy canario. – volvió a sacarme una sonrisa. – y usted… ¿está de paso?
- Bueno, pensaba quedarme aquí durante un tiempo. Tal vez no tanto como tú, pero si lo suficiente como para empezar a plantearme alquilar un piso y dejar el hostal.
- Es usted un hombre con suerte. Justo en frente de mi piso ha quedado uno libre hará una semana. Le voy a escribir la dirección, el hombre con el que debe hablar vive justo en el bajo del edificio.
- ¿Edificio?
- Bueno, - rió el chico comprendiendo mi pregunta. – En su día era una casa grande de dos plantas. Ahora está dividida en tres pisitos. Pero está bien… bueno, yo vivo solo y es bastante cómodo.
- Muchas gracias… realmente he tenido suerte. – me entregó el papel. C/Puerto Rico nº5.
- Tenemos que ayudarnos entre forasteros. – sonrió.
- Te debo una… ¿Cual era tu nombre?
- Soy David.
- Soy… - comencé a pensar con rapidez un nombre. Era una decisión importante porque no podría utilizar otro durante un tiempo. Mientras estrechábamos la mano, un botellín de cerveza me ayudó. - …Miguel. Miguel Santos.
- Pues ya nos veremos.
- Si el café de hoy no ha sido casualidad, me verás en los desayunos. – saqué mi cartera del bolsillo – por cierto, cóbrate.
- Un euro.
- Quédate con el cambio, amigo. – solté un billete sobre la barra y caminé hacia la puerta. La cafeína me hacía pensar con claridad.
- ¡Miguel! – interrumpió mi salida el joven, me giré. – Me ha dado usted diez euros,,, ¿se ha equivocado?
- No. – sonreí. El chaval era legal. La primera persona que conocía (sobrio) en el pueblo, era bastante agradable. – y tutéame por favor.
- Oh, joder, ¡gracias tío! Te acabas de convertir en mi cliente favorito.
Al salir de allí, el sol me cegó un momento. El traje no era la prenda más apropiada para aquella tarde calurosa que el café había parecido acentuar. Bueno: día de compras.
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