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Capítulo1º "La llegada" Imprimir E-Mail
jueves, 21 de febrero de 2008
Puede que a simple vista, aquello pareciese un pueblo normal,,, pero no había nada más lejos de la realidad que aquella desafortunada apariencia. Lo miré desde lejos, pensando en que podría ser un buen escondite en el que pasar desapercibido lo suficiente como para volver a aparecer...

 

Era un lugar encantador, un hermoso mar en calma amarillo y en el centro, un charquito blanco, hecho de casas bajas y desorganizadas de manera precisa. Era como si el mismísimo Dios hubiese salpicado algún inmaculado flujo divino sobre el sol. Sonreí y encendí el último cigarrillo de mi viaje, por fin podría aparentar ser un tipo mediocre y ordinario sin temor a que mi pasado saliese a flote y mi vida volviese a correr peligro… miré mi reloj parado. Realmente necesitaba un respiro.

Recorrí la distancia que aún me separaba de mi destino, fantaseando con las oportunidades que iban a presentárseme… al fin y al cabo, ese siempre fue mi problema, los malos planes surgidos de un sueño. Se acercaban a mí como un ejército albino, aquel millar de casitas que flanqueaban firmes una torre disfrazada de árabe pudiente.

Sin darme cuenta, dejaba atrás una gasolinera y llegaba a una venta y hostal, donde me quedaría unos días hasta tenerlo todo medianamente resuelto. Dejé mi equipaje en la habitación y por culpa de la costumbre, escondí el maletín bajo la cama. Desde la ventana de aquella celda con televisión, observé un atardecer que me hizo enmudecer, impresionante presumir del poderoso cielo, muy diferente a las nubes grises de humo que miraban desde arriba y entre altos edificios mellizos el mugriento agujero del que venía. Busqué en los bolsillos de mi chaqueta el cigarrillo que aquel panorama merecía, la ausencia de nicotina fue lo que me sacó de la pensión.

Caminé hacia el sol, entre las calles adoquinadas y perfumes que descubría mi olfato, tan andaluces que deberían hacer un ambientador similar para los emigrantes morriñosos. Llegué a la plaza del pueblo, acogedora y cálida, llena de gente que charlaba varios decibelios por encima de lo que yo estaba acostumbrado. Me acerqué a un kiosco y solo cuando me giré a observar atontado por el alquitrán cilíndrico, me entretuve entre observaciones curiosas de aquel lugar.

No solo yo miraba a mi alrededor, encontré muchos ojos que bajaban disimulando cuando se cruzaban con mis pupilas. Era gracioso mirar ancianos que vestían un uniforme común: camisa de botones y bolsillo pechero a la izquierda, pantalón de ralla y gorrilla. De vez en cuando compartían complementos como gafas de modelos anticuados o toses que terminaban como flema en el acerado. Andaban despacio, dando vueltas a la plaza, girando una y otra vez, sin dejar de charlar y con las manos a la espalda, que parecía a veces la manera obligatoria para pasear en aquel sitio una vez pasado el medio siglo de edad. Habían chicos que cortejaban púberas jóvenes con poca ropa teniendo en cuenta el frio que había acompañado a la luz artificial en las calles. Niños que corrían jugando ignorantes de todo lo que aún les quedaba por vivir, de los problemas acumulables según edades, de las noches sin dormir. Todo parecía tranquilo, tanto que mi experiencia me impedía creerme que todo fuese tan sencillo. Nada podía hacerme pensar que fueran a encontrarme allí, sería demasiada casualidad y sinceramente, aquellos que me buscaban eran eficientes y fieros, pero no demasiado listos. Mi cabeza volvía a repetir una y otra vez que me tranquilizase, que nada podría ocurrirme, pero mi miedo en el pecho, compañero desde hacía demasiados años, me avisaba: tampoco ésta noche podré conciliar el sueño.

 


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